Zona 22

Qué difícil…

30/11/2020

Qué difícil…

Por Nicolás Fernández, ex Senador Nacional por Santa Cruz

La figura de D10S fue siempre una gran síntesis de nuestra argentinidad: un dotado, un distinto, un desordenado, un revolucionario individual de cuanta causa entendiera digna, generando críticas desde todos los sectores de la sociedad que hoy rinden pleitesía a quien podría haber sido rey, eligiendo siempre ser contestario del poder.

Claro que como con todas las cosas de esos enconos no quedó nada, pero desnudó la gran dificultad de ser argentinos a flor de piel.

Hoy, luego del duelo, del dolor insoportable para quienes proyectaron en el genio una vida mejor y hasta un futuro digno -pues él los había convencido que se podía (le debían las únicas sonrisas frescas pues les había dado un sentido a sus vidas)- los protagonistas políticos y periodísticos (con excepciones, claro) sacaron a relucir su absoluta mediocridad y mezquindad, sin entender que esta película tenía como destino otro público, menos mezquino, más grandioso y agradecido, que no era otro que el mundo del fútbol, sin nacionalidad ni fanatismo que los pudiera separar.

Algún idiota se puso a pensar que Maradona superó en vida a todos, pero también los superó luego de su partida, pues era evitable que un pueblo entero se volcara a las calles para verlo por última vez, era evitable que en ese gran abanico inimaginable de gente convivieran los padres de familia, los chicos, los desclasados, los marginales, los drogadictos y los alcohólicos.

No, muchachos: era imposible que eso no sucediera tal como sucedió. Todos juntos, todos mezclados, con una única razón que los movilizaba: despedir a su único IDOLO, aquel que nunca los había defraudado y que jamás dejó de ser como ellos, sin renegar de su origen y de sentirse parte de ese pueblo que necesita y que demanda justicia desde hace muchos años. Él era uno de ellos.

Su único homenaje fue a la pelota, sus únicos herederos reales, el pueblo del fútbol. No se puede pretender entender ese fenómeno, pues jamás se vivió una cosa igual y es factible que jamás se viva.

Leí todo o casi todo lo que se escribió, pero un columnista de un medio importante me llamó la atención, pues pidió que «sean justos, cambien de conversación», y me pareció magnifico consejo.

No se entendió su magnitud, no se pudo comprender la dimensión de sus efectos, no se pueden buscar responsables cuando algo supera lo imaginado por los que pretendieron estar a la altura de las circunstancias y no lo alcanzaron.

Él fue siempre distinto, él fue siempre el dueño de una verdad tan brutal como escasa, fue el fútbol, fue quien dejaba la vida por las causas en las que creía, fue el más valiente de todos, fue el más audaz de todos, fue el más desprolijo de todos, pero fundamentalmente fue grandioso, único e irrepetible.

Nada de lo que pasó se pudo haber evitado, pues las generó un ser inmortal. Debemos entender todos los mortales -políticos, periodistas, etc.- que nosotros, los mortales, no podemos comprender lo que no somos capaces de imaginar: su despedida fue como su vida, un desorden que todo el mundo entendía pero que nadie podía corregir.

Quedémonos con que su despedida fue tal cual él la imaginó: emotiva hasta las lágrimas, sentida hasta el alma, tumultuosa y desordenada como su vida.

Por eso, paremos. Fue y será siempre un distinto, y esas personas, escasas en la humanidad, generan cosas que las podremos vivir, pero jamás comprender acabadamente.

Por eso, en honor a las sonrisas, a las alegrías, al orgullo que despertó en nosotros, al dolor, a su inigualable y encantadora forma de vivir el fútbol, lo único que debemos hacer es honor a su magnificencia y guardar silencio.
No más análisis, no más investigaciones de lo que generó un inmortal por parte de mortales -como tales, limitados para entrar en el camino de comprender lo que no tiene explicación-, e inferiores -entiéndase así limitados para comprender algo que no generarían jamás, pues solo pudo haber sido generado por él.

Por eso, cambiemos de tema en honor a su memorial. Dejemos que el silencio nos redima.

Pese a las dificultades que atravesamos, el pueblo dolido, desocupado, empobrecido, defraudado, perdió a su ser más querido y solo se sublevó cuando le dijeron que la despedida se había terminado, truncando sentimientos, viajes desde lugares muy lejanos, dolores muy profundos.

No entender eso, no entender la reacción ante una frustración más, es no entender nada de nada.