Sociedad

Qué pasa cuando tu vecino se convierte en una amenaza

09/01/2016

Qué pasa cuando tu vecino se convierte en una amenaza

Antes de ser el que ahora soy, vivía en un pequeño edificio en La Paternal, con esposa e hija. Ahora, separado, vivo en otro barrio. Y dejé de creer que la locura se emparenta con la dicha.
El contrafrente nos daba mucho aire y todo el sol de verano. Las noches eran calurosas, pero las mañanas frescas. Un amanecer de enero me despertaron unos gritos. Los escuché a lo lejos. Persistían entre timbrazos que sonaban en casa y en el departamento vecino. Me levanté fastidiado. A veces los timbres se cruzaban, o el visitante pifiaba el botoncito y terminaba llamando a cualquier parte. Levanté el tubo del portero para escuchar lo que se tramaba en la vereda. Los gritos cobraron nitidez. “¡Eros!” gritaba una mujer. Y golpeaba la puerta, furibunda. “¡Eros! ¡Viejo hijo de puta! ¡Abrí! ¡Abrime!”. Pero nadie atendía a su llamado. Por otra parte, no había nadie en el edificio con ese nombre. O no lo había hasta una semana atrás. Así conocí al nuevo vecino.
Había llegado desde Rusia hacía más de cuarenta años, pero nunca perdió el acento. Era un hombretón de sesenta y ocho años, y se había mudado al lado nuestro hacía pocos días. Las circunstancias en que supe de su presencia no terminaron de aclararse hasta dos días después, cuando me lo encontré en el pasillo. “Buenos días”, tendió la mano muy ceremonioso, “soy el nuevo vecino, Olezka, para servirle”. Lo saludé un poco sorprendido por su elegancia pasada de moda y su impecable educación. “Quiero pedirle disculpas por el desastre de la otra mañana”, me dijo. “Uno a veces conoce gente loca”. Al principio no entendí. “No bajé a abrir porque esa mujer estaba fuera de sí”. Entonces recordé que yo había escuchado otro nombre. “Es que a mí me dicen Eros”, contestó y me guiñó, cómplice, un ojo azul.
Las relaciones que uno establece con sus vecinos suelen atravesar etapas distintas. Uno se los encuentra todo el tiempo o no los ve durante meses. Entabla diálogos casuales o escucha insólitas confesiones. Nuestra relación con Olezka, al que terminamos llamando Oleg, atravesó esas fases. Pero también hubo algunas visitas, en las que él bebía lentamente vodka como si fuese anís, y hablaba de sus hermanos, desperdigados por el mundo, de su madre, de su difunta esposa. Estaba solo. Terriblemente solo. Yo podía notar que había momentos en los que buscaba desesperadamente compañía, aunque más no fuera para cruzar unas palabras sobre el frío o el calor. Se lo podía ver a cualquier hora del día sentado en la mesa de algún bar del barrio, mirando la nada, atento sin embargo a cualquier posible compañía.
Fue más o menos a los dos años de aquella inusual presentación, cuando comencé a notarlo diferente. Su simpatía se había estimulado. Podría decirse que se había vuelto mucho más perspicaz, incluso seductor, y que ahora caminaba las veredas de La Paternal canturreando piropos a las chicas, no importa qué edad tuvieran (de hecho, prefería a las jovencitas, aun a las que salían de la escuela).
“Eros” había regresado. Nunca era ordinario, pero su insistencia hacía que las mujeres lo evitaran. Empezó a tocar la puerta de nuestra casa para traer algún presente “para la familia”, aunque cualquiera se daba cuenta de que era a mi esposa a la que le quería hacer obsequios. Al principio no me inquieté. Un hombre mayor, solo como él estaba, no era extraño que actuara de aquel modo. “Le volvió la primavera”, comentaba yo. Pero si Oleg atravesaba un período de enamoramiento casi adolescente, su simpática euforia comenzó a enturbiarse con el correr de los días.
Aquella primera mujer se había quedado afuera, gritando a “Eros” su furia a través de todos los porteros. Las que empezaron a aparecer, entraban, silenciosas, al pequeño departamento, haciendo ruido con los tacos. Era imposible no escuchar las risas contenidas que resonaban por el pasillo a cualquier hora. Y las que provenían del cuarto de Oleg, cuya ventana daba al pozo de aire. “Estoy quemando los últimos cartuchos”, me decía cuando lo encontraba. Yo le sonreía, sin mucho entusiasmo. Para qué ser hipócrita. No me hacía gracia ver desfilar muchachitas, algunas con mochilas o carpetas bajo el brazo, a cualquier hora del día y de la noche. Oleg a veces las reunía en su departamento de a tres o cuatro, y por las risotadas que llegaban hasta casa, no siempre era él quien manejaba la situación. Para hacerlo, en todo caso, debía tener a mano la billetera. Todo eso podía haber seguido más o menos así hasta que las municiones de Olezka definitivamente se acabaran. Pero no.
Una mañana sonó el teléfono. “Ariel”, dijo, “Soy Oleg. Decime, ¿vos viste entrar a alguna de las chicas a casa? Me falta plata”. Le contesté que no, que no había visto a nadie –no hubiese podido– ni tampoco había oído nada. “Porque estas putas me están robando”. Iba a sugerirle que no hiciera entrar más gente a la casa, pero me callé. “Bueno, Ariel, estate atento”. Y me cortó. Confieso que ese pedido, que sonaba a orden, me irritó. Yo no era espía de nadie y sin embargo, el pedido también me avergonzó. Había estado atento, sí, pero a las mujeres que desfilaban por el pasillo a cualquier hora, hermosas y descaradas, y de algún modo me sentí descubierto.
Así empezó su paranoia y la nuestra. Cada dos o tres días recibíamos un llamado de Oleg, preguntando si no habíamos visto nada, porque ahora le habían robado una estatuilla, unos platos de su madre, unas joyas de su esposa. Cada vez el llamado era más breve y más seco, como si en el fondo ya supiera nuestra respuesta y tratara de escuchar en mí y en mi mujer algo que nos delatara como encubridores de aquellos hurtos. Todas las mujeres del edificio eran sus sospechosas. Pero nos resultaba evidente que sólo existía en sus fantasías. No volvimos a cruzarlo por el pasillo, y cuando lo veíamos por la calle, Olezka desviaba la mirada, haciéndose el distraído, para no saludar. No me pareció un buen signo aquella indiferencia, porque se parecía mucho a una provocación. Tratamos de no preocuparnos. A veces se confía demasiado en el buen sentido de los otros.
Todo siguió así hasta que una mañana Oleg pateó la puerta de casa. Así me lo contó mi mujer. Que vino por el pasillo cantando con su vozarrón y su castellano acalambrado y que no entró directamente sino que se acercó a patear nuestra puerta. “¡Puta!” gritó. Y luego entró a su casa.
Esa noche le toqué el timbre. Me abrió con la cara torcida, con una expresión de furia entre intimidatoria e infantil. “Qué”, preguntó secamente. “Qué te pasa ahora, que me pateás la puerta y gritás insultos”, dije, tratando de sonar tranquilo y firme y sorprendido y razonable. “Nada, por qué”, me dijo con la sonrisa más amplia, transformado en un segundo en el Oleg simpático de siempre. No había ironía ni cinismo en su expresión. Parecía muy sincero. Así también, sinceramente, me cerró la puerta en la cara y se puso a cantar en ruso y a los gritos. Yo de pronto estaba lleno de miedo. Toqué el timbre una vez más y sólo me contestó la canción y el ruido de vajillas contra el piso.
La locura, pensé, ¿cómo lidiar con eso? y sobre todo, ¿cómo probarla? Volví a casa y esa noche apenas pude dormir. Escuchaba los ruidos de al lado tratando de descubrir algún patrón, algunos signos que me revelaran el origen de aquel desquicio. Pero estaba imaginando una trama literaria, tan ajena a lo real. A la mañana siguiente, cuando salía a trabajar, me encontré con otra sorpresa. Olezka había puesto un cartel en su puerta, que rezaba: “Hija de puta, te tengo identificada. Muerte” y debajo, pegada con cinta transparente, una bala (no sé nada de calibres, pero se veía grande). El simpático Oleg había coronado la amenaza con un puñal enganchado a la mirilla con la punta hacia afuera. Me asusté de verdad. ¿Qué debía hacer, llamar a la policía? ¿Tomarlo como una locura de viejo senil? ¿Amenazaba a mi mujer o a la ladrona imaginaria?
Hablé con otros vecinos, pero sólo chistaron y dijeron “Qué cosa”. Olezka vivía sólo al lado nuestro. Elegí lo peor. Creí que si evitaba la violencia acabaría diluyéndola en el otro. Pero toda la agresividad que yo dejaba de lado, el otro la juntaba para sí. Cuanto más nos empecinábamos en ignorar aquella amenaza, más parecía crecer. Salir y entrar día a día se volvió una tortura. Pasaba por el pasillo mirando el puñal, la bala y el cartel, de ida y de vuelta, y me encerraba en casa procurando no pensar. Hubo algunos llamados más, con insultos. Los hacía desde una cabina, y pretendía que su idioma atravesado pasara inadvertido. Mi mujer estaba tensa todo el tiempo y mi hija, silenciosa, desayunaba el miedo y el desconcierto de sus padres.
Un día tomé la decisión de denunciarlo por hostigamiento. En la fiscalía nos atendieron muy bien y, por suerte, no alimentaron nuestra paranoia. Sí nos advirtieron que al recibir el anuncio para la conciliación, podía haber “una reacción adversa”. Nos preparamos para ella, pero por suerte no ocurrió. El día de la conciliación se presentó con un abogado. Me dije: no debe ser la primera vez que esto le pasa. Pero sucedió que su abogado pensaba, porque así se lo había informado Olezka, que el demandado era yo. El furcio me sirvió como prueba de la insanía del viejo Oleg, que aquella tarde miraba como sin ver, y dijo pocas palabras que procuraban, sin mucho éxito, dejar claro su equilibrio mental. “Está enfermo”, me dijo aparte el abogado, “voy a tratar de ubicar a la familia”. Existían, pero preferían eludir responsabilidades.
Olezka estaba loco pero no era imbécil. Sacó el cartel, el puñal y la bala, y durante meses se comportó como todo un caballero. Incluso saludaba, aunque evitaba –como nosotros– el encuentro. Pero esa vorágine interna en la que había entrado empezó a consumirlo dentro de su propia casa. Hubo noches de gritos, cosas rotas. Hubo insultos gritados a hijos ausentes. Hubo noches de llanto desconsolado e invocaciones a los santos rusos, a su madre y a la esposa muerta. Hubo una dejadez fétida que se acumulaba en bolsas de basura. Hubo portazos a cualquier hora del día y de la noche. Todo seguía mal. Había sacado la amenaza y se mantenía firme en el acuerdo de no molestarnos, pero el delirio y la agresividad crecían a unos metros de mi casa, de manera que al pasar por su puerta casi podían tocarse, como si aquel departamento se hubiera convertido en la cueva del dragón. Pasaron días de calma insoportable.
Una noche, fue el desastre. Los gritos empezaron temprano al atardecer y crecieron con la oscuridad. “¡Fuerza-Oleg! ¡Fuerza-Oleg! ¡Fuerza-Oleg!” como si pulseara con la muerte. Recién a la madrugada cesaron los gritos. La ambulancia que llamamos se lo llevó. La cueva quedó deshabitada. Una semana más tarde apareció un hijo, a limpiar, para ponerla en alquiler.

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